
Pentateuco se les denomina a los primeros cinco capítulos del
Antiguo Testamento, donde está el incomprensible y absurdo Génesis; el
cinematográfico Exodo con Charlton Heston y los Diez Mandamientos y el resto
que con cierta atmósfera mágica y alienígena -¿Pan cayendo del cielo? Prefiero
que caigan monedas del cielo- , tema que ha servido para el lucro de algunos
escritores de poca monta.
El Pentateuco de mi infancia canuta concluye aquí
en el Deutronomio, con la muerte de mi abuelo que fue o trató de ser como mi
padre. Mi destino habría sido otro con él vivo. Tal vez hoy sería un laico
importante del distrito metodista del Norte de Chile, con un trabajo estable y
una mujer que me espera en la casa, cocine a mi gusto, planche mi ropa, y con
hijos regordotes con gafas de carey –como yo en este período de mi vida- y una
hija, la primogénita, cuyo destino final sea cuidar a su madre en su vejez.
A mi abuelo siempre lo vi hacia arriba. Tenía 10
años cuando murió, pero para ser exacto me duró hasta que yo tenía alrededor de
9 años y medio. Le detectaron el cáncer gástrico a sus 59 años, recién jubilado
y con un proyecto de empresa contratista andando. Si es por plata, con la jubilación
y empresa contratista ganaría el doble. El cáncer dijo no. Basta.
Mi abuelo estaba feliz de ser antofagastino.
Sentía pasión por la ciudad que se puede graficar cuando siguió al equipo
fútbol, en aquel entonces Antofagasta Portuario, a Quillota. El Antofagasta
Portuario se tituló campeón de la actual Primera B. Me contaba con orgullo la
historia de que mi bisabuelo participó en un batallón en la Guerra del Pacífico
que le disparaba desde la costa al Huáscar. Mi bisabuelo llegó viejo a
Antofagasta y concibió a mi abuelo cuando tenía 60 años. Mi abuelo fue el menor
de 7 hermanos. Mi bisabuela quedó viuda con mi abuelo de 5 años. La historia de
los 7 hermanos es como la antítesis de la de José, que aparece en el Génesis. A
diferencia de José que sus hermanos mayores lo vendieron por celos y
rivalidades, a mi abuelo lo cuidaron y lo educaron. Y ninguna de sus hermanos
profesaban religión, más bien eran católicos dispersos. El sacrificio de sus
hermanos derivó en que mi abuelo fuera el único profesional de la familia. Se
graduó de contador.
Lo del cáncer sucedió porque en su infancia mi
abuelo bebía, como todos en Antofagasta, agua potable que nunca fue potable.
Hasta finales de los años 60, el agua de Antofagasta tenía altos índices de
arsénico. No llegaba bien filtrada a la ciudad. Tomar agua, como ahora es
fumar, era matarse un poco. Mi abuelo bebió mucha agua, al parecer.
Lo más raro que es mi abuelo no bebió alcohol ni
en su vida ni fumó cigarros. El vecino de mi casa, un viejo con piel de buitre,
murió de cirrosis. Según la religión, no es bueno para el espíritu beber ni
fumar. Todo iba bien. Mi abuelo era un hombre sano que no iba al doctor, aunque
siempre después de almuerzo tenía flatulencia. De tantos flatos y quizás
dolores estomacales decidió ir al médico. El diagnóstico fue lapidario. Le
dieron nueves meses como a las embarazadas. Duró un año y medio.
Mi mamá, mis tíos y mi abuela nunca me dijeron que
mi abuelo se moría. Recuerdo que cuando llegó de Santiago –donde le abrieron y
cerraron el estómago sin ninguna solución- venía transformado casi en un etíope.
En ese momento estaban de moda el drama de la desnutrición en Etiopía. Cuando
lo vi, yo lloré e hice llorar al resto de mi familia. Ahí presentí que venía
algo malo. Ahí presentí que cambiaría mi destino.




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